30 de mayo 2026
Mari,
Nos imagino un día viejos tomando un trillado café en una banca de algún balcón de algún edificio de alguna ciudad, viendo un anónimo atardecer. No hace frío y yo puedo estar con polo blanco como es mi costumbre y tú a su vez con un polo negro acaso más elaborado que el mío. Lo que me gusta del negro es que resalta mejor la cadena que te he regalado. Aún la llevas contigo luciéndola como una veterana de guerra, en la que cada nudo que tiene el collar, que ya vienen a ser bastantes, representa una batalla librada. De seguro estamos hablando del clima, que a dónde iremos en invierno de vacaciones, o de la nueva mancha o arruga que a uno de los dos nos ha salido. Todo parece normal. «¿Cuando nos vimos en Popurrí acaso imaginaste que esto iba a pasar?» pregunto yo. Tú no me respondes porque sabes que la pregunta es, a estas alturas, una muletilla que hemos venido repitiendo durante años. Claro que no lo hubieras imaginado. Y en lugar de responderme solo sonríes y dices «¿y si pasamos el invierno con mi hermano?».
Es dulce imaginar que en el futuro la vida es tranquila y que nos movemos como dos nutrias yendo y viniendo agarradas de la mano. Estamos juntos como en esa tarde y la anterior y una antes también y así en un ciclo ininterrumpido. A estas alturas los años parecen meses y recuerdo aquella difícil, pero vaya que difícil conversación sobre cuánto tiempo estaríamos distanciados. Tres años… ¿Qué son tres años para un anciano al que cada semana le surgen igual o mayor número de manchas en la piel? Tres años es poco para aquel hombre, pero se siente excesivo para el que tienes hoy escribiéndote esto con el corazón en la mano.
«Mira, que te he traído algo», digo yo sacando una hoja arrugada del bolsillo del pantalón. Es una anotación:
Mari, querida Mari, pequeña Mari, bebé, ha pasado tan poco desde que te vi, y sin embargo siento que ya te he extrañado demasiado.
Me escuchas leértela y no sabes reconocerla como la primera o segunda carta que te he escrito, pero sabes que la tienes guardada en algún lado, en uno de los cajones donde guardas lo que te escribí porque en uno solo no cabían todos. «Amor», me dices «si volviéramos al pasado, a esos meses, sabiendo todo lo que sabes ahora, ¿aún me elegirías?». «Tres risky questions to ask your boyfriend», te respondo y ambos reímos. No hace falta responderte, porque la pregunta es otra muletilla más de las muchas que tenemos. De todas formas la respuesta ya la sabes porque te la escribí en una carta de las muchas que te di hasta entonces. Iba algo como que de nacer de nuevo mil veces, mil veces más volvería a elegirte. Cuando te lo escribí no significaba tanto, pero ahora que te duelen las rodillas al moverte por todas las caminatas que hiciste e hicimos de jóvenes, sabes que tiene otro significado, porque es verdad que pasamos mil obstáculos juntos, y las mil veces ambos nos hemos elegido. «Te amo», me sueltas en voz baja.
Te amo… el suyo y el mío pesan distinto porque pareciera que el que uno dice con la edad vale más porque tiene mayor sustento, tiene soporte, no es solo una frase lanzada al aire. En ese sentido mi «te amo» parece más una promesa que un hecho a pesar de que el corazón se me rebalsa cada que te veo. No quiero decir que tengo que «ganar» ese te amo, pero sí que cuando te lo digo no solo expreso lo que causas en mi cuerpo o los sueños que tengo contigo, sino también te hablo de valentía amor, porque yo no me contento con el beneficio de tenerte, sino que guardo en mí la bravura de cuidarte, de regar lo nuestro, de mover cielo y tierra para que nuestro amor no deje de florecer jamás. No me importa la espera se convierta en dos, tres o cuatro años, mi vida, porque el amor que te doy no es cobarde y pasar mi vida contigo es el único premio que quiero ganar, es la única vida que quiero vivir y es el único sueño que quiero lograr.
Te amo.
Daniel